27. Asco

Al principio fue un polvo apasionado, intenso y creí que divertido. Hubo un momento en que, subida a horcajadas sobre mí, agitándose como una fiera salvaje y gimiendo como una actriz porno, me miró con desprecio, a medias entre el deseo y el asco. Al correrse entre convulsiones pensé que habría cumplido como un campeón, a pesar de todo. Se arrodilló imaginé que lo hacía para terminar con la boca lo que había empezado como una cabalgada de película. Pero con mi polla ante su cara, escupió sobre ella. Me animé con aquel punto golfo, pero se levantó, me miró a la cara y también me escupió. Me dijo con acento francés: “Me das asco, me dais asco todos. He disfrutado mil veces más en mi casa con consolador que aquí”. Se vistió y se fue, dejándome empalmado  y destrozado como un adolescente al que plantan por primera vez.

26. Yate

A pesar de que a mí tampoco me importaba la idea, algo desvirtuada y exhibicionista, mezclada con la supuesta infidelidad – únicamente en nuestra mente – sí reconozco que el ego masculino se resintió, ante aquella confesión.

Pero si hubo algo que casi acaba con mi autoconcepción de galán, de experto en sexo y en mujeres fue mi tormentosa relación con Anaís. La conocí en unas vacaciones en la Costa del Sol. Un contacto del trabajo quería cerrar un contrato como lo hacían los mafiosos del Este: en una fiesta en la cubierta de un yate. No sé a qué se dedicaba Anaís. Lo único que pude adivinar es que no era puta, tampoco era azafata y que parecía pertenecer al mobiliario del yate, aunque no era propiedad de mi “mafioso de pega”.  Las primeras miradas fueron al terminar la fiesta, pero lo jodido empezó en el hotel.

15. Idoia

Pronto aquel tira y afloja me aburrió y terminó de ser divertido. Imagino que Clara continuaría su camino hasta que encontrase a alguien que aceptase sus órdagos. Pero hubo algo de aquello que me gustó: la mirada de Clara era retadora, pero me hubiera gustado experimentar lo mismo con una mujer que tuviera la mirada inocente, limpia. Alguien apenas iniciado en las lides del sexo.

Empezó por aquel entonces mi búsqueda. Una particular cacería de una inexperta sexual, a la que moldear a mi antojo, como si estuviera hecha de arcilla. Quería descubrirle un universo de carne, sudor, saliva y orgasmos sin estropear esa inocencia, esa voluntad de adorarme de verdad, como a un gurú al que temer, respetar y seguir, como en una secta privada. La primera candidata fue Idoia y apenas terminaba de cumplir 18 años.

14. Reto

Me pareció excitante, la primera vez. Algún resorte primario en lo más profundo de mi subconsciente me dijo que aquello podía resultar placentero, de un modo enfermizo y bizarro. Sin embargo, nada de lo que pudiera hacer implicaba una humillación, una práctica dominadora de verdad. Podía verlo en sus ojos. Su cuerpo me pertenecía pero su mirada no era la de una mujer dominada. Ni mucho menos.

Disfrutaba más que yo, al ser encadenada, atada, amordazada y sodomizada. Los electrodos, la cera caliente y cualquier otro juguete que utilizase parecía espolearla y el fuego en sus ojos no se apagaba. No había rendición, ni abandono a un amo y a sus deseos. En los ojos de Clara siempre había invitación y reto. Era un juego para ambos, a ver quién aguantaba más, quién se achantaba el primero.

13. Látigo

Reconozco que no me costó ningún esfuerzo dominar. Nunca me sobrepasé pero, saber que aquel cuerpo desnudo podría ser mi mascota, casi en el sentido más literal del término, elevó mi libido a niveles que creía imposibles. Al menos para mí y hasta aquel nivel. Ninguna mujer había sido “mía” de aquella manera.

No se trataba de azotar el culo a Clara, o de llamarla puta. Eso no es dominación, es puro y llano machismo. Había algo en el tono de mi voz que me sorprendía. Mientras me la chupaba casi no me reconocía al espetarle “No uses las manos, solo la boca”, tan tajante y frío como un látigo. El hacer que gatease hasta mis pies y me mirase desde el suelo me ponía casi tanto como el polvo más salvaje que pudiera ofrecerme. A Clara parecía no bastarle con eso. Un día me susurró “Quiero que mees sobre mí cuerpo”

31. Lucha

La lucha se desató en apenas segundos. Los seres deformes, buscando con sus extremidades igualmente abominables una nueva víctima a la que desgarrar. Los mineros defendiendo a los suyos como en una guerra, casi todos con lágrimas en los ojos al encuentro de una muerte segura. A los gemidos de dolor se sumaba el aterrador sonido de los tendones y los huesos al romperse. La sangre salpicaba las paredes como si saliera de surtidores.

Óscar permanecía sentado al fondo de la capilla, los hombros hundidos, ajeno a todo. Cuando alzó la vista vio a María, de pie ante él. Lo miraba fijamente, con los ojos vacíos, muertos. Le sonaba aquella mirada, pero era distinta. Se fijó en su vientre abierto, los intestinos asomando y en la herida de su cuello, aún sangrante. Miró de nuevo el papel que tenía entre las manos y comprendió. NO SALDRÉIS JAMÁS.

30. Infierno

De la antigua capilla salió como una exhalación el minero que se había encarado con Óscar. Llevaba en la mano su pico, herramienta infatigable de trabajo, convertida ahora en un arma punzante. Se la clavó con saña en el cuello de la primera criatura que encontró en su alocada huida hacia adelante. Aquellos seres ya no eran compañeros, eran monstruos que amenazaban a los suyos. Era matar o morir.

Al picador le siguieron los demás trabajadores, en defensa de los “inocentes”. Las armas de los Guardias Civiles, que alguien había hurtado en la refriega exterior, también sonaron, ensordecedoras. Poco importaba que las criaturas apenas notasen el daño, tanto del metal de las herramientas como de las balas. Pronto, la galería se convirtió, en el infierno. Literalmente.

29. Grito

Nadie parecía haberse dado cuenta, pero los seres habían modificado su objetivo. Habían dejado de prestar atención a los mineros. Avanzaban arrastrando los pies, lenta pero inexorablemente hacia el grupo.

A la cabeza marchaba el que en otro tiempo fuera ‘El Rubio’, con el único ojo que le quedaba fijo en la vieja que antes era su madre, aún desmayada. Incluso la vacía y viscosa cuenca del ojo faltante parecía prestar atención a aquel cuerpo, con un ansia que solo podría identificarse con el hambre.

Uno de los mineros identificó la nueva situación y lo que implicaba, como amenaza para sus seres queridos. El grito ronco que surgió de su garganta retumbó hasta en el último rincón de la mina: “¡Ellos noooo!”

28. Incrédulo

María buscaba a las espaldas del patrón, más allá de aquellos palpitantes y sanguinolentos seres, la mirada de Óscar. No la encontró. El minero parecía haber desaparecido, al abrigo de sus compañeros encerrados, estos sí, atentos a partes iguales a las criaturas, para mantenerlas a raya si hiciera falta y a las explicaciones del patrón.

- Yo solo quería que desistieran de la huelga – continuaba el patrón – estaba dispuesto a sobornar a algún líder. Había pensado en ‘El Rubio’ y si se negaba…

- ¿Matarlo, cerdo? – dijo María. El murmullo de indignación recorrió al grupo como una ola aceitosa y caliente

- Sí – admitió el patrón que, sobrepasado y sin perder de vista a las criaturas, se dejó caer de rodillas, presa de una especie de llanto incrédulo y supersticioso. Entre hipidos y lágrimas acertó a decir: – Pero a quien envié no está aquí abajo.

27. Tontería

Mientras alguien asistía a la anciana, que no había podido soportar la visión del que antes había sido su hijo, transformado ahora en una criatura abominable, el patrón no acertaba a balbucear más que incoherencias

- Yo n.. no. Esto no es lo que…

- Habla ya, hijo de puta – espetó alguien desde la masa.

Las criaturas parecían haberse olvidado de los mineros y centraban su atención en los recién llegados. Expectantes, con las miradas muertas clavadas en las aquellas nuevas presencias, que miraban horrorizadas pero serenas a aquellos seres, midiendo las distancias evaluando la situación.

- Yo no creía en esta tontería de los intraterrestres – gimoteaba el patrón. Me aproveché de ella pero lo único que hice fue contratar a alguien. Pagarle para que bajase aquí.