15. Mantra

Los carnosos labios rojos de Violeta comenzaron su habitual danza hipnótica. Hablaba sin parar mientras su mano me sujetaba el brazo con un estudiado gesto sensual y me conducía hasta el baño del restaurante.

En mitad de aquel odioso torbellino verbal apenas escuché algunas palabras como “Oportunidad” y “futuro”. No era la primera vez que sucedía. Mis largas noches aguantando a aquella profesional de la extorsión y el engaño habían servido para desarrollar un mantra, un refugio donde calmar mis instintos naturales. Yo lo llamaba la antesala del polvo, una especie de viaje corto en ascensor con música de ambiente que nunca era capaz de recordar. A veces, ese viaje duraba dos platos y un postre. Otras, una reunión de trabajo con buffete final. A ella le gustaba hablar casi tanto como oírse. A mi me gustaba cuando se callaba. A ella no le importaba que yo no la escuchara. Era la relación perfecta.

De repente, la música de ascensor de mi mantra y Violeta se silenciaron de golpe, cuando mi mano invitó a su cabeza a arrancar el secador de manos de la pared.

03. Fácil

El sonido de dos copas de cristal al chocar entre sí le devolvió a aquella elegante sala. Giró la cabeza y observó a un camarero deslizarse con prisa entre dos mesas portando una bandeja llena de bebidas.

¿Habría sido él? Puede que sí.

Tenedor a la izquierda, cuchillo a la derecha. ¿Era tan difícil?

Tenedor a la izquierda. Junto a la servilleta. Hasta el más idiota lo sabe.

Otro camarero, más joven que el anterior, le sonrió al pasar.

Tenedor a la izquierda, junto al puto pan.

No podía ser tan complicado.

Cogió con su mano izquierda el tenedor y sus nudillos se tornaron blancos. Sin soltarlo, suspiró con suavidad, como le había enseñado aquel tipo. Segundos más tarde, su mano derecha sujetó el cuchillo con firmeza y se levantó de la mesa. 

02. Reflejo

Lentamente, hizo el ademán de levantar su mano derecha hacia el tenedor para devolverle al lugar indicado. Había sido un día de mierda. Uno de verdad. No uno de esos que algún gilipollas comenta con cara de agobio en el pub, entre estúpidas explicaciones de cómo se le había borrado el email que estaba escribiendo justo antes de mandarlo. Apenas habían pasado siete horas desde que había abierto los ojos. Siete malditas horas desde la última vez que había comido algo. Siete horas desde que se prometió que ese día iba a ser bueno, para variar. Cerró los ojos y el tenedor desapareció. Le costaba creer que el destino le hubiera elegido como único cliente de la hora feliz de las putadas esa mañana. A él nunca le había tocado nada. Tenía su gracia.

Abrió los ojos y deseó estar lejos, pero ahí seguía. El tenedor, reluciente, le devolvía un roto reflejo de sí mismo.

01. Tenedor

Ahí estaba, brillante, pero en el lugar equivocado. Estaba limpio, eso no podía negarlo. No habría esperado menos de un lugar como ese. Sin embargo, algún puto imbécil seguía manteniendo su empleo después de algo así. Tal vez el culpable de todo aquello estaba fumando fuera, en la puerta trasera que daba a ese oscuro callejón, ese con contenedores metálicos. Quizás, entre calada y calada, le estaba contando a alguno de los ayudantes de cocina cómo anoche casi ahoga a su novia probando nuevos juegos sexuales. Puede, incluso, que estuviera hablando con su madre, explicándole lo contento que estaba en su nuevo trabajo, y prometiendo que pronto le presentaría a esa chica de la que casi nunca le hablaba.

Mentalmente, deshizo el camino desde el callejón hasta el salón del restaurante y volvió a mirar a aquel maldito tenedor, ese que se reía de él desde el lado derecho del plato.

21. Flores

Julia trató de permanecer inmóvil mientras las nauseas remitían y recuperaba el control de su cabeza. Entonces lo supo. No fue una revelación ni nada parecido. Simplemente, ahora lo sabía. Levantó su mano derecha del suelo, encharcada entre los restos de comida del suelo, y la giró lentamente  Apartó aquella ácida papilla frotándola contra su camiseta y clavó los ojos en la calcamonía. Por un momento deseó que no siguiera allí, pero otra parte de ella quería confirmar que tenía razón. La maceta con el arbusto verde no se había separado, ni tan siquiera un poco. Tan sólo había un cambio, ese que ella estaba esperando. Una de las cinco flores rojas no mantenía su aspecto inicial. El color negro se había adueñado de ella. Cerró los ojos y lloró durante un buen rato mientras las ideas se repetían en su cabeza como una antigua canción infantil.

Leire, Andrea, Carlos y Julia. Cuatro flores llenas de vida. Rosa, una flor marchita.

20. Velas

El olor a madera vieja le provocó nauseas y Julia trastabilló hasta sentarse en un taburete de la cocina. Entonces, el aroma de las velas, profundo, invasivo, la invadió por completo. Se arqueó con dolor al tiempo que la primera arcada casi la tiró al suelo. Logró sujetarse a la mesa mientras el desayuno se esparcía por el gres. Su mano perdió agarre y en su lucha por mantener el equilibrio volcó una taza casi vacía. El agrio aroma del vomito le pareció lo más bello que había regalado a su nariz en años. Al menos, logró apartar durante unos segundos el maldito hedor de las velas. ¿Eran amarillas? Apenas lo recordaba ya. Sabía que sus amigos las habían cogido de la capilla del Colegio. -Así estaremos más protegidos- había señalado Carlos, envalentonado ante las chicas.

Ahora, de rodillas sobre un charco de zumo de naranja y cereales de colores a medio deshacer, supo que aquella tarde con sus amigos se abrió una puerta que hasta ahora había estado entornada.

10. Fogonazos

Llegar hasta el salón fue toda una odisea. Apenas hubo dado los primeros pasos desde la cama, las arcadas comenzaron a trepar por su garganta, calientes e invasivas. Cerró los ojos y se apoyó en la pared para luchar contra ellas. Entonces, el primer fogonazo la hizo retorcerse.

En su salón, alguien estaba con ella. Era un hombre, ¿Anciano? Todo brillaba y el color y los colores rojos y negros dominaban la escena. Apenas se reconocía a si misma, casi desnuda, sentada junto a él en su sofá. No lograba ver su cara, algo se lo impedía y desviaba su mirada hacia sus bocas, que se movían aunque ningún sonido llegaba hasta ella. El pitido que acompañaba la visión fue creciendo de intensidad y todo se hizo oscuro. Abrió los ojos de golpe. Seguía apoyada en la pared y las arcadas habían pasado a un segundo plano, sustituidas por otra sensación más dolorosa. Sus ojos buscaron el origen. El dibujo que decoraba su mano derecha le abrasaba la piel.

09. Despertar

Julia notó ese extraño sabor en su boca, algo entre sucio y metálico antes incluso de abrir los ojos. Algo martilleaba desde la parte trasera de su cabeza. El primer latigazo de dolor le invadió en cuanto trató de levantarse de la cama. No recordaba haber bebido, de hecho, su psiquiatra le había prohibido el alcohol hacía años y lo respetaba, más por miedo que por convicción. Dejó escapar un gemido cuando trató de girar el cuello hacia la mesilla. El sol castigaba con fuerza la pared de su habitación. -¿Qué coño de hora es? -Se preguntó mientras el doloroso latido seguía castigando el sitio donde hasta -¿Anoche… Ayer?- Residía su cerebro.

Estiró la mano para dar la vuelta a su despertador y ver el reloj.

Una calcamonía con el colorido dibujo de una maceta pegada en su mano le hizo entender que el menor de sus problemas era no saber qué hora era.

25. Mirada

Al final, fue Scott el que se levantó y cerró los ojos a Evans. Llevaba sin apartar la mirada de su compañero desde que éste quedó inmóvil con una extraña sonrisa en los labios. Lo hizo en silencio, sin mediar palabra con el que creía que era ya su único compañero vivo. No estaba del todo seguro. Wilson llevaba sin abrir los párpados -totalmente cubierto de una cada vez más densa capa blanca de escarcha- varios minutos. Scott no se atrevía a confirmar sus sospechas. Prefería seguir con la esperanza de que su compatriota estaría con él hasta el final.

Antes de volver a sentarse en el suelo helado de la tienda, sacó con dificultad el diario de su abrigo. Lo había abandonado hace días. Intentó sujetar el lápiz que colgaba de un cordel de la libreta pero sus dedos perdieron la batalla hasta en tres ocasiones. Unos minutos más tarde, apretó su mano derecha con la izquierda sobre el lápiz y comenzó a escribir penosamente.

24. Dedos

Wilson trataba de consolar a Evans. El marinero miraba entre temblores sus manos, totalmente irreconocibles. Lo que un día fueron dedos asomaban en formas retorcidas y oscuras, inmóviles y atrofiadas. Wilson, no era la primera vez que se enfrentaba a algo así, pero no sabía cómo animar al joven. Notaba como la rigidez de la congelación se apropiaba lentamente de sus propios dedos, ocultos bajo unos gruesos guantes de piel.

Mientras, Scott terminaba de repartir la última lata de comida que aún les quedaba. Depositó apenas una quinta parte de la misma en su plato y vertió el resto -alubias con carne heladas- en dos mitades para sus compañeros.

-Disfrutad del asado- señaló sin mirarles a los ojos.

Esa fue la última vez que el capitán Scott se dirigió a sus compañeros.