Los carnosos labios rojos de Violeta comenzaron su habitual danza hipnótica. Hablaba sin parar mientras su mano me sujetaba el brazo con un estudiado gesto sensual y me conducía hasta el baño del restaurante.
En mitad de aquel odioso torbellino verbal apenas escuché algunas palabras como “Oportunidad” y “futuro”. No era la primera vez que sucedía. Mis largas noches aguantando a aquella profesional de la extorsión y el engaño habían servido para desarrollar un mantra, un refugio donde calmar mis instintos naturales. Yo lo llamaba la antesala del polvo, una especie de viaje corto en ascensor con música de ambiente que nunca era capaz de recordar. A veces, ese viaje duraba dos platos y un postre. Otras, una reunión de trabajo con buffete final. A ella le gustaba hablar casi tanto como oírse. A mi me gustaba cuando se callaba. A ella no le importaba que yo no la escuchara. Era la relación perfecta.
De repente, la música de ascensor de mi mantra y Violeta se silenciaron de golpe, cuando mi mano invitó a su cabeza a arrancar el secador de manos de la pared.