21. Patada

La salida no parece complicada. Con un poco de suerte alcanzará la puerta. Violeta no será más que un viejo recuerdo y él podrá seguir adelante con su vida. El camarero trata de detenerle en su huida pero Quique se mantiene firme y lanza una patada que impacta por debajo de la rodilla. El camarero se dobla y se retuerce en el suelo. El compañero del camarero patán ni siquiera hace ademán de detenerle.

Quique tiene vía libre ante sí. Cuando sale, se mira. La sangre se ha secado y forma una costra bastante asquerosa. Pero ya se ha acostumbrado a ella y sabe que allí ya no tiene nada más que hacer.

Abre la puerta. Sale y comienza a caminar. El jeque catarí que estaba junto a Violeta se acerca y le pregunta:

-¿Ya te la has follado cerdo?

20. Salida

Los dos camareros arrastraron el cuerpo unos diez metros, hasta una pequeña puerta que se abría junto a la cocina. Por allí no solía pasar nadie y, con un poco de suerte, ningún asistente se habría percatado de la situación de aquel hombre.

Quique comienza a abrir los ojos. Intenta recuperar el conocimiento. Vuelve a contemplar cómo la sangre se ha convertido en un elemento más de su vestuario pero intenta sacar fuerzas de flaqueza. Empuja a un lado al camarero patán que le ha amargado la noche.

-Señor- chilla el camarero sorprendido aún de la reacción violenta del herido.

-Que me dejes gilipollas- le sacude a la cara un Quique que comienza a incorporarse y cuya única intención es salir de ese lugar cuanto antes.

19. Desmayo

Quique se cae al suelo. No soporta ver la sangre en su cuerpo. Junto a él llega el camarero patán que lo mira entre asustado y confundido. Mira a su alrededor. Los invitados están a punto de salir por el mismo lugar en el que un cuerpo ensangrentado yace boca arriba.

No parece que esté muerto, pero aquel lujoso lugar no puede permitirse un escándalo similar. Llama la atención de un compañero que pasa junto a él.

-Ayúdame. Vamos a sacarlo de aquí- le indica con vez temblorosa.

-¿Qué ha pasado?- pregunta su compañero.

-No lo sé. Pero tenemos que sacarle de aquí- responde al tiempo que coge a Quique por una pierna.

13. Alá

La escolta del jeque se levantó pero Violeta elevó su mano y los cinco hombres sentados en la mesa de al lado se detuvieron en el momento.

-Ven conmigo- le inquirió a Enrique.

-Deja, deja que vengan. Que puedo con todos. Es lo que siempre quisiste, que me partiera la cara por ti. Y ahora que lo estoy haciendo me dices que no. No hay Dios o Alá que te entienda, zorra sin remedio.

-Enrique, por favor. Ven y calla la boca de una puta vez.

-Esa es mi Violeta, la putita lenguaraz que salió del barrio dispuesta a comerse todas las…

-Que te calles, gilipollas. Ven y escucha por una puta vez en tu vida.

09. Susurro

Recompuso su figura en apenas tres minutos. La chaqueta empezaba a darle demasiado calor pero no podía quitársela. Daría el cante enseguida. Volvió a la sala. Nada quedaba ya del desastre que apenas unos minutos antes se había producido.

Ella no le había visto hasta entonces. Estaba demasiado ocupada hablando de sus proyectos musicales con unos jeques cataríes que querían que fuera a tocar a su país. Sonreía con esa boca grande y roja que seducía a todo el mundo. Aunque tenía algún diente torcido, expresaba demasiada bondad y demasiada ternura como para fijarse en defectos físicos. El rojo Valentino que llevaba adherido a su piel sólo invitaba a la lujuria. Aunque él sabía que ella llevaba faja para estilizar más su esbelto cuerpo. Se acercó a la mesa. Por detrás, silencioso. Sólo seguía escuchando su altisonante carcajada.

-¿Te vienes?- le susurró al oído.

08. Pecho

Antes de volver al interior de la sala pensó que quizá debería pasar por el baño y tratar de adecentarse un poco. Si no le habían mentido, ella se marcharía en menos de media hora. No le quedaba demasiado tiempo. Pero el vino había caído en sus zapatos italianos y odiaba tenerlos sucios. La corbata se había ladeado hacia la derecha y le gustaba llevarla recta. Entró en el baño. Dos hombres salían conversando acerca de las voluptuosas formas de ella, de lo bien que le habían quedado tras la última operación.

Sonrió para sí recordando la penúltima vez que las tuvo entre sus manos. Eran firmes pero se notaba en exceso la intervención del doctor suizo, doce mil euros por pecho le habían soplado. Y apenas los había amortizado. Menos de un mes después de la operación decidió dejarlo por un figurín made in gimnasio. Zorra presuntuosa, pensó mientras se masajeaba las sienes frente al espejo.

07. Cristal

De pie frente al inútil, poco le importó que el camarero más patán que jamás se había encontrado estuviera sangrando en una mano. Le ayudó a incorporarse y recogió el trozo más grande de cristal que estaba en el suelo. Se lo guardó en el bolso del pantalón. Si fallaba el cuchillo, no le vendría nada mal tener otro objeto cortante disponible.

-Disculpe, señor. Siento lo que ha sucedido- lamentó el camarero con voz quejumbrosa.

Ni se molestó en devolverle el saludo. Salió hacia la puerta. Cada vez había más gente arremolinada en la calle tratando de entrar. La salida estaba completamente bloqueada. Tendría que volver al comedor y ocupar de nuevo su sitio. Se palpó los bolsillos del pantalón. A la izquierda el cuchillo, a la derecha el cristal.

27. Círculo

Desde arriba, el hombre de la túnica contemplaba la escena con la tranquilidad de quien se sabe en posesión de la fuerza de dominar la conducta de los demás. Allí esperaría a Rosa. Era justo lo que necesitaban para que comenzara el círculo de sangre.

Aquel antiguo ritual requería la presencia de mujeres especiales, marcadas por el signo de Tauro para triunfar ante la diosa fenicia Europa. Rosa contemplaba en su ascenso mujeres de todas las edades. Desnudas como ella en cada rama. Al principio eran bebés que lloraban su llanto a la nada, pero a medida que subía veía niñas, adolescentes, mujeres embarazadas, ancianas…

El rostro afable del hombre que la esperaba en la cima del árbol envejecía al mismo ritmo con el que Rosa se aproximaba a la copa. Los mechones negros se tornaban en blancos y la barba crecía sin oposición.

Julia contemplaba a lo lejos aquel espectáculo sin sentido.

26. Trepar

-Roooooooooooooooooooooosa, Rooooooooooooooooooooooosa- gritó una fatigada Julia que se aproximaba sin remedio hacia el lugar en el que se encontraba su amiga.

Rosa ni siquiera se volvió para escuchar a Julia. Un hombre de aspecto jovial y túnica inmaculada apareció en lo alto del árbol.

-Ven, Rosa- susurró con voz trémula desde la copa aquel hombre que había surgido como una aparición.

Julia seguía con su carrera hacia el lugar en el que se encontraba su amiga. Tropezó con varias raíces y sus manos y rodillas comenzaron a sangrar.

Como si fuera un animal en peligro, Rosa comenzó a trepar por el árbol como si le fuera la vida en ella.

25. Árbol

Rosa caminaba sin descanso. Parecía que las fuerzas jamás le fallarían. Pisaba la alfombra de hojas caídas y su cuerpo flotaba por el bosque con la ligereza del aire que soplaba.

Julia cada vez la veía desde más lejos pero permanecía en sus trece de seguir detrás de su amiga.

De repente, Rosa se detuvo junto a un árbol cuyas raíces sobresalían varios metros alrededor del tronco. Lo contempló estupefacta de abajo hacia arriba. Trató de abrazarlo pero sus manos no daban para abarcar a aquel gigante de madera. Era como si quisiera entrar en contacto con la naturaleza y desprenderse de su capacidad humana.

Se quitó la ropa y se desnudó.