23. Desfigurada

A apenas metro y medio de Quique, Violeta hinca la rodilla. A punto de caer de bruces, el guardaespaldas más fornido de Abi Al Nasser la sujeta por debajo de los brazos y evita que se desplome como una muñeca de trapo. La mira la cara y no puede evitar emitir un grito de pánico.

No es capaz de reconocer a esa mujer por mucho que lleve la misma ropa que la que tan solo minutos antes se sentaba en la mesa de su jefe. No puede ser la misma cuyas canciones ha escuchado machaconamente en palacio durante las tres últimas semanas y que luce en las portadas de los discos extremadamente “apetitosa”, según palabras del jeque.

Violeta tiene el pómulo hundido, una brecha en la frente por la que asoma parte del hueso frontal. El arco superciliar del lado de la cara que todavía mantiene el pómulo en su sitio está hundido justo por la mitad, como un lápiz partido en dos. Es imposible saber si conserva la dentadura porque toda la boca es una maraña de sangre y saliva.

22. Pesadilla

Vista nublada de nuevo. Un tsunami de sensaciones agolpándosele en el pecho. Todas las venas se ponen de acuerdo para bombear al mismo sitio. Acaba de cavar su tumba. Tenía que haberse callado. No hay escolta que pueda impedir lo que va a suceder. Cierra los dedos, aprieta el puño. Previsualiza su mandíbula desencajada y varias piezas dentales repartidas por el suelo. Fijo que este subnormal lleva los dientes de oro, piensa. El hombro se echa hacia atrás para liberar la mano del bolsillo…..y de repente ella. Violeta se abre paso entre la gente que se arremolina mirándole. Se tambalea ladeada sobre el costado izquierdo y está a punto de caer en dos ocasiones. Está bañada en sangre y balbucea algo ininteligible sin dejar de avanzar en dirección a Quique. Nadie reacciona. Parece una película de terror, un mal sueño. Roza lo grotesco.

14. Pedida

-      Quique, a ver… ¿cuánto tiempo hace que no te tomas la medicación?

Cuenta hasta 10. No quieres matarla….1

Claro que sí, rebánale el cuello a esta zorra. Se lo tiene merecido….2

 

-      Quique estás temblando. Trata de calmarte y deja de mirarme así

 

Desfigúrala de un puñetazo. Se lo ha ganado a pulso….3

Respira, respiiira, estás hiperventilando. Se te va a salir el corazón y así no se puede decidir nada. Respiiiiiira…..4

Cógela por la nuca como si le fueras a dar un abrazo y estámpale la cara contra la pared. La nariz rota le va a dar un toque más exótico…..5

 

-      Quique, ¿me estás escuchando? Si no te estuviera sujetando los brazos ya hubieras hecho una barbaridad

20 años llevo escuchándote, puta, 20. En la ducha, en el coche, en la radio…… 6

Piensa en Gloria, necesita que su padre sea un ejemplo….7

Un tiro. Primero a ella; luego te lo pegas tú. Todo se acaba y te vas a gusto….8

Es mirarte y oler a sangre, Ojalá no te tuviera cerca. Tengo que destruirte….9

 

-      Quique, el moro éste me quiere pagar cinco discos y me acaba de pedir en matrimonio. Quiere que me vaya con él

………..10

12. Hortera

Violeta sabía lo que pasa cuando Enrique se altera. Disimuladamente trató de templar gaitas sonriendo nerviosa y asegurando que era un bromista. El traductor susurraba algo al oído del jeque que, al parecer, le estaba alterando aún más porque ahora eran las palmas de las manos las que golpeaban la mesa intentando canalizar una ira creciente.

 

- Oiga, ¿quiere parar quieto de una putísima vez?

 

El tiempo pareció detenerse. Debió poner “su inquietante cara de trastornado”, como la llamaba Violeta, porque sin que el traductor interviniera aquel tonto a las tres que se limpiaba el culo con billetes de 500 euros y llevaba la camisa mal planchada dejó de mover las manos.

 

- Enrique no es momento, dijo Violeta tensa, muy tensa, al tiempo que uno de los guardaespaldas del soplapollas aquel con los puños arrugados se acercó a preguntar si los estaba molestando mientras se abotonaba una americana espantosa de solapas interminables.

- A ver, hortera de bolera. Ni los coristas de esta zorra cuando empezó iban vestidos así pero, oye, que igual es moda en vuestro puto país y lo respeto.

11. Tensión

- Qui….Quiqueee, vaya vaya, qué qué inesperado, atinó a decir cuando se dio por fin la vuelta y me dedicó una mueca que a los demás les pudo parecer una sonrisa de sorpresa.

 

La delataban sus ojos. Estaba aterrada pero no mentía. Verme era, posiblemente, lo que menos esperaba en un día como aquel en el que se estaba jugando su futuro. Pero era una estrella del escenario y supo mantener la compostura.

 

- ¿Cómo has conseguido entrar en un sitio como…? Bueno eso da igual. Os presento. Enrique White, el jeque Abi Al Nasser, su secretario Abdel y Abdulá, el traductor

 

El tal Nasser seguía marcando tiempos con los dedos sobre la mesa y así continuó al sentarse después de darme forzadamente la mano. Era una de las tres cosas que más le irritaban. Solamente lo superaba ver a alguien comer chicle con la boca abierta o los jóvenes enseñando calzoncillos y bragas con esos pantalones ‘cagaos’.

 

- Jeque, ¿está nervioso por algo?

10. Diva

- ¿Disculpe? Le dijo sin ni siquiera darse la vuelta

 

La conocía demasiado como para saber que se habría fijado en él cuando el numerito con el camarero y que ahora estaría acompañando aquel desdén con un gesto de desaprobación ante el resto de la mesa, mordiéndose el labio inferior y arqueando las cejas. Era su forma de decir que estaba harta de pesados.

Se había hecho un silencio incómodo y sus acompañantes estaban violentos. Se les notaba en el tableteo de los dedos sobre la mesa mientras clavaban sus ojos en los míos, esperando que les diera el menor motivo para hacerles un gesto a los cinco tíos sentados dos mesas más allá que discretamente también controlaban mis movimientos mientras deslizaban sus manos al interior de sus americanas.

 

- Pero Violeta, ¿Ni te molestas en mirar a la cara a un viejo amigo? ¿Ya te has vuelto una diva? dije fingiendo ironía y una sonrisa que solamente ella reconocería como falsa.

30. Jamás

Al llegar a la parte más alta, Rosa se giró para mirar de frente al hombre que dirigía aquel tétrico ritual totalmente incomprensible para una niña como Julia que continuaba paralizada. Nunca entendió por qué no había huido al principio. Con los años razonó que tenía que estar allí. Así lo quería el destino.

Solo en el instante en el que Rosa y aquel ser fijaron su vista en ella fue cuando sintió pánico. Más aún cuando Rosa, de rodillas, le suplicaba al hombre que no lo hiciera como si hubiera recuperado la cordura de repente. Julia no entendía a qué se refería pero lo interpretó como un aviso y echó a correr en el instante en que el hombre extendió su brazo derecho hacia donde ella se encontraba. Siempre se sintió en deuda con Rosa.

A sus padres, la historia que les acababa de contar Julia les sonó a chino. Aún así accedieron a adentrarse con ella en el bosque hasta el lugar donde la niña juraba que había visto a Rosa por última vez. El árbol había desaparecido. En su lugar varias túnicas blancas rodeaban un joven arbusto poblado por cinco flores rojas. La madre de Rosa lo trasplantó a una maceta de terracota para poder excavar. Jamás se encontró nada debajo. Jamás nadie volvió a hablar de aquello. Jamás.

29. Engullidas

El hombre, hasta hacía unos segundos angelical, ahora vesánico pronunció desde la copa del árbol unas palabras ininteligibles y las mujeres que aún estaban vivas se agarraron los oídos con fuerza mientras chillaban, como si sus cráneos estuvieran siendo taladrados por un insoportable sonido agudo. Rosa era ajena a todo ello y seguía ascendiendo como si nada, como si fuera la elegida en aquel macabro ritual al que Julia asistía aterrada a distancia.

Mientras el caos se apoderaba del árbol, la tierra había empezado a temblar. Al principio de forma casi imperceptible pero al tiempo que la escena se tornaba en tenebrosa un zumbido se apoderaba del ambiente haciendo bambolearse todos los árboles de la zona. Los cadáveres de las mujeres muertas iban desapareciendo bajo las raíces del que estaba tomado por aquel ser. Estaban siendo engullidas.

28. Tétrico

Las nubes, sin embargo, empezaron a arremolinarse junto al árbol en una tétrica danza que no aventuraba nada bueno. El día, claro hasta ese instante, se cerró en cuestión de segundos y las mujeres que poblaban cada rama torcieron el gesto igual de sorprendidas que Julia ante el súbito cambio de los acontecimientos.

Las más jóvenes empezaron a gritar. Julia observó a Rosa inmóvil, incapaz de reaccionar, todavía ensimismada. Las ropas del hombre que las había convocado adoptaban poco a poco el mismo tono del cielo y sus ojos se hundían en la cara a un ritmo tétricamente vertiginoso. De pronto las cuencas parecieron vaciarse y unos destellos rojos procedentes del lugar antes ocupado por los globos oculares se clavaron en cinco mujeres de edades diferentes que cayeron al suelo sin vida.

19. Rosa

Instantáneamente se le erizó el pelo y un escalofrío recorrió su cuerpo como una corriente eléctrica. Hubiera preferido morir a leer aquello. Le aterraba recordar, sin desearlo, el origen de todos sus males. O eso creían sus padres.

Con 14 años entró en la casa abandonada de los bisabuelos de su amiga Rosa. Iba con Leire, Andrea y Carlos. Todos de la misma edad, todos fascinados por lo prohibido y envalentonados por el desconocimiento. Cuanta más gente les decía que no jugaran con la ouija más les apetecía probarla. Estaban convencidos de que así darían con la pequeña Rosa, que había desaparecido seis meses antes sin dejar rastro.

Todo el pueblo estaba convencido de que la habían matado, pero mantenían las apariencias cuando se cruzaban con Matías y Estela, sus padres, confortándolos con una esperanza en la que nadie creía.

 El vaso se deslizaba a toda velocidad. Primero una S, después una A y una C. En cuestión de segundos un mensaje inquietante: S-A-C-A-D-M-E-D-E-A-Q-U-I