A apenas metro y medio de Quique, Violeta hinca la rodilla. A punto de caer de bruces, el guardaespaldas más fornido de Abi Al Nasser la sujeta por debajo de los brazos y evita que se desplome como una muñeca de trapo. La mira la cara y no puede evitar emitir un grito de pánico.
No es capaz de reconocer a esa mujer por mucho que lleve la misma ropa que la que tan solo minutos antes se sentaba en la mesa de su jefe. No puede ser la misma cuyas canciones ha escuchado machaconamente en palacio durante las tres últimas semanas y que luce en las portadas de los discos extremadamente “apetitosa”, según palabras del jeque.
Violeta tiene el pómulo hundido, una brecha en la frente por la que asoma parte del hueso frontal. El arco superciliar del lado de la cara que todavía mantiene el pómulo en su sitio está hundido justo por la mitad, como un lápiz partido en dos. Es imposible saber si conserva la dentadura porque toda la boca es una maraña de sangre y saliva.