No sabía si reír o llorar por aquella jugarreta del destino pero opté por el autocontrol. Estaba seguro de que una carcajada me arrebataría el poco oxígeno que me quedaba y, además, podría darles pistas a la zorra de mi mujer y el cabrón de su amante.
- Venga, como broma está bien. Dame las llaves, anda
- Alfonso, cariño, ya sabes que el humor no es una de mis virtudes y el despiste es uno de tus defectos. Te pareces a Ramiro en eso. Te dije que las llaves estaban en el mueble de la entrada para que las cogieras.
- Allí están bien. Pues nada, tu marido se va a llevar un buen susto cuando vuelva y vea que le han reventado la puerta.
- Ese es tan tonto que lo mismo ni se da cuenta.
Allí, agazapado, yo ya no podía más.