24. Puntería

Parece un animal abatido, a punto de exhalar la última bocanada de vida. Los ojos, todavía intactos, se clavan en Quique como pidiendo clemencia. Bajito, casi susurrando, pronuncia unas palabras ininteligibles que el traductor logra comprender después de acercarse a ella y escuchar durante un rato: “Quique, no se lo cuentes. No le digas nada”. No deja de repetir esas frases, una y otra vez, como una especie de testamento vital; como una letanía de quien sabe que está a punto de dejar este mundo.

Desvelado el mensaje todos miran a ese hombre hecho un guiñapo bajo el que se está formando un pequeño charco de sangre y que se echa la mano al costado en un aparente gesto de dolor.

Pero a Enrique White solo le duele el orgullo y está deseando poner a prueba su puntería.

23. Desfigurada

A apenas metro y medio de Quique, Violeta hinca la rodilla. A punto de caer de bruces, el guardaespaldas más fornido de Abi Al Nasser la sujeta por debajo de los brazos y evita que se desplome como una muñeca de trapo. Mira su cara y no puede evitar emitir un grito de pánico.

No es capaz de reconocer a esa mujer por mucho que lleve la misma ropa que la que tan solo minutos antes se sentaba en la mesa de su jefe. No puede ser la misma cuyas canciones ha escuchado machaconamente en palacio durante las tres últimas semanas y que luce en las portadas de los discos extremadamente “apetitosa”, según palabras del jeque.

Violeta tiene el pómulo hundido, una brecha en la frente por la que asoma parte del hueso frontal. El arco superciliar del lado de la cara que todavía mantiene el pómulo en su sitio está hundido justo por la mitad, como un lápiz partido en dos. Es imposible saber si conserva la dentadura porque toda la boca es una maraña de sangre y saliva.

22. Pesadilla

Vista nublada de nuevo. Un tsunami de sensaciones agolpándosele en el pecho. Todas las venas se ponen de acuerdo para bombear al mismo sitio. Acaba de cavar su tumba. Tenía que haberse callado. No hay escolta que pueda impedir lo que va a suceder. Cierra los dedos, aprieta el puño. Previsualiza su mandíbula desencajada y varias piezas dentales repartidas por el suelo. Fijo que este subnormal lleva los dientes de oro, piensa. El hombro se echa hacia atrás para liberar la mano del bolsillo…..y de repente ella. Violeta se abre paso entre la gente que se arremolina mirándole. Se tambalea ladeada sobre el costado izquierdo y está a punto de caer en dos ocasiones. Está bañada en sangre y balbucea algo ininteligible sin dejar de avanzar en dirección a Quique. Nadie reacciona. Parece una película de terror, un mal sueño. Roza lo grotesco.

21. Patada

La salida no parece complicada. Con un poco de suerte alcanzará la puerta. Violeta no será más que un viejo recuerdo y él podrá seguir adelante con su vida. El camarero trata de detenerle en su huida pero Quique se mantiene firme y lanza una patada que impacta por debajo de la rodilla. El camarero se dobla y se retuerce en el suelo. El compañero del camarero patán ni siquiera hace ademán de detenerle.

Quique tiene vía libre ante sí. Cuando sale, se mira. La sangre se ha secado y forma una costra bastante asquerosa. Pero ya se ha acostumbrado a ella y sabe que allí ya no tiene nada más que hacer.

Abre la puerta. Sale y comienza a caminar. El jeque catarí que estaba junto a Violeta se acerca y le pregunta:

-¿Ya te la has follado cerdo?

20. Salida

Los dos camareros arrastraron el cuerpo unos diez metros, hasta una pequeña puerta que se abría junto a la cocina. Por allí no solía pasar nadie y, con un poco de suerte, ningún asistente se habría percatado de la situación de aquel hombre.

Quique comienza a abrir los ojos. Intenta recuperar el conocimiento. Vuelve a contemplar cómo la sangre se ha convertido en un elemento más de su vestuario pero intenta sacar fuerzas de flaqueza. Empuja a un lado al camarero patán que le ha amargado la noche.

-Señor- chilla el camarero sorprendido aún de la reacción violenta del herido.

-Que me dejes gilipollas- le sacude a la cara un Quique que comienza a incorporarse y cuya única intención es salir de ese lugar cuanto antes.

19. Desmayo

Quique se cae al suelo. No soporta ver la sangre en su cuerpo. Junto a él llega el camarero patán que lo mira entre asustado y confundido. Mira a su alrededor. Los invitados están a punto de salir por el mismo lugar en el que un cuerpo ensangrentado yace boca arriba.

No parece que esté muerto, pero aquel lujoso lugar no puede permitirse un escándalo similar. Llama la atención de un compañero que pasa junto a él.

-Ayúdame. Vamos a sacarlo de aquí- le indica con vez temblorosa.

-¿Qué ha pasado?- pregunta su compañero.

-No lo sé. Pero tenemos que sacarle de aquí- responde al tiempo que coge a Quique por una pierna.

18. Sangre

¡El puto camarero de los cojones otra vez! ¿Es que es su puto ángel de la guardia o qué? ¿Qué le importará a él que gotee sangre o no? Pero, ¿de dónde sale la sangre? ¿De qué habla ese majadero?

Confundido, baja la mirada hacia el lugar al que apunta el camarero. Sin darse cuenta, ha sacado su mano manchada de sangre del bolsillo. Pero ahora ya no está manchada de sangre. Ahora gotea sangre. ¿Cómo puede ser?

Como si analizara una parte del cuerpo que no le pertenece, centra su atención en la mano. Hay un corte. Un corte bastante profundo. ¡Me cago en la puta! Ha sido el cristal, el trozo de cristal que se había guardado en el bolsillo. Al meter la mano se ha cortado con él pero el calor de su corazón desbocado había mitigado el dolor. La sangre le horroriza. La sangre le asquea. Siente el nacimiento de la arcada, la urgencia del vómito. La niebla del desmayo.

17. Gotas

Tiene la mano cubierta de sangre. La sangre le asquea. Su color. Su temperatura. Su textura. Tiene que salir corriendo de allí pero no puede hacerlo mientras su mano esté cubierta por esa sustancia que despierta el asco en la boca de su estómago. Coge algo de papel y se quita la espesura de la sangre que empieza a secarse de encima. Aún quedan marcas rojas en su piel, pero sabe que debe salir de allí si quiere salir indemne de esta. Ya se limpiará cuando esté a salvo.

La furia ha desaparecido pero su corazón sigue latiendo a mil por horas. Demasiadas pulsaciones. Intenta recomponerse, mete la mano en el bolsillo, abre la puerta y sale caminando al paso más aparentemente normal que sus piernas y sus nervios le permiten. Con la mirada fija en la puerta, atraviesa la estancia. Demasiadas pulsaciones. Empieza a notar un leve mareo.

-       ¡Señor! Disculpe, señor. Va dejando un rastro de gotas de sangre por el salón, señor.

16. Rojo

Ese olor a sangre… Sus ojos lo ven todo rojo. Su mirada se estrecha. Sus músculos se tensan. Su corazón se desboca. El sudor empieza a traspasar la frontera de su piel. Nota como cada gota sale por su poro, moja su piel, empapa su ropa y su pelo. Rojo, rojo… todo es rojo. Entorna los ojos. Su puño se cierra. La furia, esa furia que es roja y negra, que lo invade todo, que lo llena todo, que se lo lleva todo. Esa furia ciega que aún no ha aprendido a controlar, por mucha meditación, mucha medicación y mucha terapia con la que haya intentado ponerle freno. Rojo. La furia se dispara. Y golpea.

Uno. Dos. Tres. Cuatro. Ha dejado de contar. Nota la camisa empapada de sudor debajo de la chaqueta. Pero ese es el menor de sus problemas. Todo hace juego ahora con los labios rojos de violeta: el secador, la pared, la cara, el cuello, el vestido, su propia mano. Todo está cubierto por el rojo de la sangre que se derrama.

15. Mantra

Los carnosos labios rojos de Violeta comenzaron su habitual danza hipnótica. Hablaba sin parar mientras su mano me sujetaba el brazo con un estudiado gesto sensual y me conducía hasta el baño del restaurante.

En mitad de aquel odioso torbellino verbal apenas escuché algunas palabras como “Oportunidad” y “futuro”. No era la primera vez que sucedía. Mis largas noches aguantando a aquella profesional de la extorsión y el engaño habían servido para desarrollar un mantra, un refugio donde calmar mis instintos naturales. Yo lo llamaba la antesala del polvo, una especie de viaje corto en ascensor con música de ambiente que nunca era capaz de recordar. A veces, ese viaje duraba dos platos y un postre. Otras, una reunión de trabajo con buffete final. A ella le gustaba hablar casi tanto como oírse. A mi me gustaba cuando se callaba. A ella no le importaba que yo no la escuchara. Era la relación perfecta.

De repente, la música de ascensor de mi mantra y Violeta se silenciaron de golpe, cuando mi mano invitó a su cabeza a arrancar el secador de manos de la pared.