Parece un animal abatido, a punto de exhalar la última bocanada de vida. Los ojos, todavía intactos, se clavan en Quique como pidiendo clemencia. Bajito, casi susurrando, pronuncia unas palabras ininteligibles que el traductor logra comprender después de acercarse a ella y escuchar durante un rato: “Quique, no se lo cuentes. No le digas nada”. No deja de repetir esas frases, una y otra vez, como una especie de testamento vital; como una letanía de quien sabe que está a punto de dejar este mundo.
Desvelado el mensaje todos miran a ese hombre hecho un guiñapo bajo el que se está formando un pequeño charco de sangre y que se echa la mano al costado en un aparente gesto de dolor.
Pero a Enrique White solo le duele el orgullo y está deseando poner a prueba su puntería.